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Diócesis de Zárate – Campana

En el día de ayer, 4 de julio, celebramos el 38° aniversario de nacimiento de la diócesis. El mismo día fue ordenado Obispo Mons. Alfredo Mario Espósito Castro en la Catedral Santa Florentina, siendo así el primer obispo de la diócesis. Zárate – Campana nace sobre los territorios que pertenecían a las diócesis de San Nicolás y de San Isidro.

En su primer homilía como obispo Mons. Espósito Castro, fallecido en 2010, destacaba que él quería ser como un “Camino, un camino pisado, olvidado, siempre en actitud silenciosa de servicio, siempre contento de su humilde oficio de servir de puente entre Dios y los hombres, con algo del esfuerzo de ese puente que en nuestra orilla se extiende como brazo largo hacia la otra ribera, y con la sencillez de la campana que llama una y otra vez a la oración.”

Compartimos el recuerdo de aquélla primera homilía del primer obispo de Zárate – Campana:

Documento original archivado en el Seminario diocesano San Pedro y San Pablo
 

HOMILÍA DE MONS. ALFREDO MARIO ESPOSITO, omf., tenida en el día de su ordenación episcopal y en el nacimiento de la Diócesis de Zárate – Campana, el 4/7/76, en la Catedral de Campana, Pcia. de Bs. As., Rep. Argentina. –

Eminencias Reverendísimas, Exmo. Rmo. Sr. Nuncio de Su Santidad, Exmos. Rmos. Arzobispos y Obispos de La Plata, San Isidro y San Nicolás, Hnos. todos en el Episcopado, Autoridades Nacionales y Locales, queridos Sacerdotes, Religiosos y Religiosas, Fieles todos, amados en el Señor:
Al terminar este solemne acto de fundación da la nueva Diócesis de Zárato-Campana, y de mi ordenación como primer Obispo de la misma, necesito compartir con todos Vds. mis sentimientos. Ellos son de:
– Admiración y asombro por la grandeza de Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que ha querido que éste su Hijo muy amado viviera con nosotros por el Espíritu Santo. Si, Jesús vive entre nosotros de una manera especial desde ahora.
Él dijo a los Apóstoles: “Cuando dos o tres de vosotros estén unidos en mi Nombre, allí estoy Yo” (Mateo, 18.20). Pues bien, estamos de un modo especial en la caridad, desde este día, “en el Nombre del Señor”. No ciertamente por meros motivos humanos, por laudables que sean. Menos aún, por intereses mezquinos.
Pobres o ricos, grandes y chicos, enfermos y sanos, con responsabilidad de gobierno o simples ciudadanos, con todo lo que somos… estamos unidos desde ahora y para el tiempo que vendrá, en una realidad que llamamos Iglesia local, que no es otra cosa que el misterio grande de la Iglesia universal, que se hace carne y se concreta, por decirlo así, en una modalidad y forma local. Es la Iglesia católica y apostólica que, como desde siglos en Roma, en Éfeso, en Buenos Aires, camina ahora y vive de un modo especial su vocación en esta realidad compleja y pujante que designamos con el nombre de Diócesis de Zárate – Campana.
También nosotros hemos recibido, a través de los Apóstoles y de sus sucesores, el mandato de evangelizar a todos los hombres. También nosotros somos depositarios de la promesa del Espíritu y de la Presencia de Jesús que nos asegura que estará con nosotros hasta la consumación de los siglos. Sí, Él está aquí y ahora con nosotros.
– También nuestros sentimientos deben ser hoy de acción de gracias por tanto bien como hemos recibido en éste día. Digamos emocionados con San Pablo: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido en Él, antes de la creación del mundo para ser santos e inmaculados en su presencia en el amor…” (Efesios 1,3 y ss.). Entonemos con María, en su intimidad profunda, en su Corazón Inmaculado, el cánticos maravilloso del “Magnificat”: “…el Señor hizo en mi maravillas, porque miró la pequeñez de su esclava…”.
Gracias también al Sto. Padre, Pablo VI, Pastor Supremo de la Iglesia, a quien debemos especialmente, entre los hombres, este don que es la nueva Diócesis.
Gracias a todos los Hermanos en el Episcopado, que se unen íntimamente a nuestro gozo y nos ofrecen su caridad eclesial. Permítaseme agradecer al Sr. Nuncio de Su Santidad, que tanto me ayudó en esta y otras ocasiones, a mi querido Mons. Ramón J. Castellano, que me ordenó también, hace años, de sacerdote; a Mons. José Ma. Márquez, que para mi representa aquí a la Familia Religiosa Claretiana, a la cual debo yo todo lo que soy como religioso y misionero, la cual hoy me entrega gozosa al servicio de esta parte del Pueblo de Dios. Gracias a todos los Obispos que me precedieron en esta parcela de la viña del Señor, especialmente al Sr. Arzobispo de La Plata, de quien esta Diócesis es sufragánea, a los queridos Obispos de San Nicolás de los Arroyos y de San Isidro. Gracias a todos los sacerdotes, Religiosos, Religiosas y laicos que con amor hicieron posible esta realidad consoladora. Gracias muy de corazón – y permítaseme esta manifestación – a mis queridos padres de la tierra: a mi buen padre, a quien espero reencontrar en el cielo; y a mi querida madre, que con enormes sacrificio me entregó un día al sacerdocio y ahora a la labor pastoral de Obispo. Mucho de los que ellos sembraron, con dolor y lágrimas, no ha sido para provecho propio, sino para todos Vds.
Gracias a todos los amigos, parientes y a aquéllos que en el silencio y oscuridad del anonimato, han contribuído con su oración, sus sacrificios, su colaboración, a hacer que hoy nos sintamos en familia.
– Pero mis sentimientos son también de confusión y desconcierto, porque no veo en mi ésto que todos me recomiendan y tienen derecho a exigir: humildad, pobreza, desprendimiento, fortaleza, espíritu de sacrificio y de diálogo, mansedumbre y, sobretodo mucho amor. Este careo entre lo que debería ser, y lo que me parece que soy, me confunde y, sinceramente, me desconcierta. Si acepté este cargo de tanta responsabilidad ha sido, les confieso, porque creo profundamente en la Obediencia de Cristo a Su Padre, obediencia con la que salvó al mundo.
– De todos modos no quisiera que estos sentimientos llegaran a producir desaliento. Las palabras del Señor me permiten confiar en la misericordia de Auqél, cuya Providencia elije lo débil de este mundo, para confundir a lo fuerte. Durante estos meses, me ha parecido reconocer, a través de hechos y personas, la voz del Señor que me repite como a Pedro, cuando se sumergía de miedo en el mar: “Hombre de poca fe… ¿porqué has dudado?…”, mientras me tendía su mano salvadora.
Yo quisiera tener esta fe inquebrantable para ser para todos Vds., especialmente para los mas necesitados, como Jesús y en Él: Luz, que disipe las tinieblas, discierna el bien del mal y conduzca. Camino, un camino pisado, olvidado, siempre en actitud silenciosa de servicio, siempre contento de su humilde oficio de servir de puente entre Dios y los hombres, con algo del esfuerzo de ese puente que en nuestra orilla se extiende como brazo largo hacia la otra ribera, y con la sencillez de la campana que llama una y otra vez a la oración. Vida, con la acción vivificante de esa Palabra de Dios que, en un cierto modo, vuelve a hacerse carne, en el seno de la caridad apostólica de María, Madre de la Iglesia; con los sacramentos
, y por la caridad de Cristo que nos debe urgir a ser todo para todos, en el afán de verificar el milagro cristiano de unir la pluralidad, a veces desconcertante, en la “comunión del Espíritu Santo”. Todo esto quisiera ser para Vds., pero no puedo solo… necesito de Vds.
Tenemos que recorrer un largo camino. Habrá días alegres, como hoy. Otros serán tristes. Lo importante es que lo recorramos unidos en el amor del Señor.
– Iniciamos pues hoy este camino de la mano de nuestra Madre del Cielo, María Santísima; seguros de que Ella nos guiará, si confiamos en su amor de Madre. A Ella entreguemos el cayado pastoral, para que imprima en todo lo que hacemos, su dulzura maternal, que nos incline a buscar mas bien comprender, que ser comprendidos; perdonar, mas que ser perdonados. Comencemos el camino protegidos por ese buen Amigo de la Iglesia que es San José, a quien Dios confió el misterio del Verbo Encarnado en el primer núclero de la Familia de Dios en la tierra. Caminemos bajo la mirada de los Santos Ángeles y de los Santos Patronos.
Caminemos desde ahora unidos íntimamente a la Iglesia universal, con gran devoción y obediencia al Vicario de Cristo, el Papa; en unión con todos los Obispos, especialmente de las Diócesis hermanas, a fin de que nuestra pequeña y humilde Diócesis sea para todos mano que ayuda y corazón que comprende.
Comencemos el camino en paz – para todos sin distinción – y en el nombre del Señor. Amén.

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