Inicio del ministerio del Papa Francisco, quien recibió “el anillo del Pescador”. El sábado 16 de marzo, con la asistencia de una multitud, entre los cuales numerosísimos jóvenes, recibió el orden diaconal nuestro hermano Francisco Liaudat, ahora asignado a la iglesia catedral de Santa Florentina. El 17 de marzo por la mañana el Obispo puso en posesión de su misión pastoral al Pbro. Hugo Acuña en la parroquia de Nuestra Señora de las Gracias, en Pilar. El mismo domingo 17 por la tarde, Mons. Oscar Sarlinga celebró la misa y el Acto de confianza y de entrega de la diócesis a San José, y de acción de gracias por el nuevo pontífice.

PAPA FRANCISCO

Con alegría asistimos al inicio del ministerio petrino del Papa Francisco. En el atrio de la iglesia catedral se puso pantalla gigante para el segumiento de la celebración, con la asistencia, entre muchos fieles, del Seminario “San Pedro y San Pablo”.Ofrecemos a continuación de los textos la homilía del nuevo Papa.

 

DIÁCONO FRANCISCO

El día 16 de marzo, sábado, por la mañana, nuestro Obisp Mons. Oscar Sarlinga ordenó diácono a Francisco Liaudat, originario de Baradero, quien estuvo acompañado por su querida familia, una multitud de jóvenes, de amigos, de fieles de las distintas parroquias de la diócesis donde había realizado apostolado, del equipo misionero diocesano, y de 40 sacerdotes, más los diáconos, seminaristas del Seminario “San Pedro y San Pablo”, religiosos, religiosas, lo que constituyó una festividad de regocijo para la comunidad diocesana. Entre los sacerdotes presentes, junto con Mons. Ariel Pérez, vicario general y Mons. Santiago Herrera, provicario general y rector del Seminario, se hicieron presentes el Pbro. Jorge Ritacco (actual cura párroco de Nuestra Señora del Pilar, quien en tiempos de su curato en Baradero fue quien presentó al joven Francisco al Obispo Mons. Sarlinga, quien estaba recién llegado en diócesis; el Pbro. Atilio Rosatte, actual cura párroco de Baradero, y, como se dijo, numerosos otros). En próxima tirada de noticias reeditaremos la homilía del Obispo Mons. Oscar Sarlina puesto que fue en gran parte dicha de palabra y sólo en algunos párrafos leída. Las fotografías son elocuentes. Al término de la celebración de ordenación diaconal, se tuvo un ágape fraterno, también multitudinario, en el parque del Seminario “San Pedro y San Pablo”, el cual así, por primera vez desde su reapertura, abre sus puertas de par en par a la comunidad diocesana para festejar al primer ordenado desde que se retomó en 2006 la pastoral vocacional sacerdotal y el proyecto formativo de Zárate-Campana

 

NUEVO PASTOR EN LA PARROQUIA DE NUESTRA SEÑORA DE LAS GRACIAS (PILAR)

Dado el destino del Pbro. Fernando Crevatin para el doctorado en teología, así como para confesor ordinario del Seminario “San Pedro y San Pablo” y profesor del mismo, el Obispo, quien ya había designado al Pbro. Hugo Acuña para pastorear la parroquia de Nuestra Señora de las Gracias, lo puso en posesión de su misión pastoral el domingo 17 a las 11, en el templo parroquial, literalmente abarrotado por la concurrencia de la feligresía, de ese populoso barrio de Peruzzotti, de las capillas circundantes y a la vez provenientes de otros lugares de Pilar y de la diócesis. Es una parroquia que cuenta con un excelente y activo consejo pastoral. Monseñor Sarlinga afirmó que se proseguirán “todas las obras pastorales y de carácter social”. Concelebraron con el Obispo el mismo P. Acuña, el Pbro. Fernando Crevatin, el Pbro. Jorge Ritacco, cura párroco de N.S. del Pilar, asisió el diácono Darío Arreguy y asimismo otros diáconos estuvieron presentes, como también algunos seminaristas del Seminario “San Pedro y San Pablo”, sin faltar los jóvenes de la “Posada de la vida”, tan querida para el Padre Hugo Acuña y para todos.

Al término de la celebración, junto con un agradecimiento al Pbro. Fernando Crevatin por parte de una laica de la comunidad, se ofreció la siguiente oración:

Sacerdotes: Manos benditas

Al inicio de la vida, comienza nuestro camino: por tus manos renacemos con el Bautismo. Pasados los años,ya con uso de razón, tus manos nos regalan la Primera Comunión; y como el ser humano tiene débil corazón, por tus manos recibimos del mismo Dios el perdón. A través de tus manos al pan y al vino baja Dios cada día cuando los consagras y al final de cada Misa, tras la última oración, con tus manos nos llega de Dios la bendición. Si por vocación llamados nos decidimos casar, tus manos santifican nuestra unión en el altar. Si nos hiere un grave malo si la muerte se acerca, con los óleos nos confortas ungiendo nuestra cabeza. A través de tus manos nos entrega Dios sus dones¡Benditas manos consagradas del Sacerdote! José García Velázquez

 

MISA EN LA CUAL SE REALIZÓ EL ACTO DE CONFIANZA A SAN JOSÉ Y ENTREGA DE LA DIÓCESIS, DE LA PASTORAL, DE LA MISIÓN JÓVEN Y EN ACCIÓN DE GRACIAS POR EL PAPA.

Como había sido anunciado, el Sr. Obispo celebró la misa del domingo 17 de marzo por la tarde (a las 19) en la iglesia catedral de Santa Florentina, donde sorprendió, verdaderamente la masiva concurrencia, en especial de jóvenes matrimonios con niños, y jóvenes, algunos de los cuales habían realizado durante el día el retiro de silencio y profundización en el Seminario diocesano “San Pedro y San Pablo”. Concelebraron con el Obispo Mons. Ariel Pérez, Mons. Santiago Herrera, Mons. Jorge Bruno (vicario general de Mercedes-Luján) quien obsequió a la diócesis una hermosa imagen réplica de la Virgen de Luján, muy agradecida por ser Zárate-Campana una diócesis que tiene una peregrinación a pie, que fluye (como suele decir Mons. Sarlinga) “como un potente río de vida” desde Zárate hasta Luján, pasando por las principales ciudades y localidades de la diócesis, y que congrega entre 35.000 y 40.000 peregrinantes, en la “Peregrinación del Pueblo de Dios”. Junto con otros concelebrantes, tales como Mons. Marcelo Monteagudo, el Pbro. Gabriel Micheli, el Pbro. Hugo Lovatto y el Pbro. Fernano Fusari, estuvieron presentes los diáconos Sergio Pandiani (delegado de Medios de comunicación), Pedro Bruno (delegado de pastoral de la salud) y Ricardo Dib.Todos los seminaristas participaron de la celebración, al final de la cual se hizo en voz alta “el acto de confianza y de entrega” que compuso el mismo Obispo, desde tiempo atrás, también con la intención por el nuevo Papa de la Iglesia.

 

Homilía del Papa Francisco en el inicio de su ministerio petrino

(19 de marzo de 2013, en la solemnidad de San José)

Hemos escuchado en el Evangelio que «José hizo lo que el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer» (Mt 1,24). En estas palabras se encierra ya la la misión que Dios confía a José, la de ser custos, custodio. Custodio ¿de quién? De María y Jesús; pero es una custodia que se alarga luego a la Iglesia, como ha señalado el beato Juan Pablo II: «Al igual que cuidó amorosamente a María y se dedicó con gozoso empeño a la educación de Jesucristo, también custodia y protege su cuerpo místico, la Iglesia, de la que la Virgen Santa es figura y modelo»(Exhort. ap. Redemptoris Custos, 1). ¿Cómo ejerce José esta custodia? Con discreción, con humildad, en silencio, pero con una presencia constante y una fidelidad y total, aun cuando no comprende. Desde su matrimonio con María hasta el episodio de Jesús en el Templo de Jerusalén a los doce años, acompaña en todo momento con esmero y amor. Está junto a María, su esposa, tanto en los momentos serenos de la vida como los difíciles, en el viaje a Belén para el censo y en las horas temblorosas y gozosas del parto; en el momento dramático de la huida a Egipto y en la afanosa búsqueda de su hijo en el Templo; y después en la vida cotidiana en la casa de Nazaret, en el taller donde enseñó el oficio a Jesús ¿Cómo vive José su vocación como custodio de María, de Jesús, de la Iglesia? Con la atención constante a Dios, abierto a sus signos, disponible a su proyecto, y no tanto al propio; y eso es lo que Dios le pidió a David, como hemos escuchado en la primera Lectura: Dios no quiere una casa construida por el hombre, sino la fidelidad a su palabra, a su designio; y es Dios mismo quien construye la casa, pero de piedras vivas marcadas por su Espíritu. Y José es «custodio» porque sabe escuchar a Dios, se deja guiar por su voluntad, y precisamente por eso es más sensible aún a las personas que se le han confiado, sabe cómo leer con realismo los acontecimientos, está atento a lo que le rodea, y sabe tomar las decisiones más sensatas. En él, queridos amigos, vemos cómo se responde a la llamada de Dios, con disponibilidad, con prontitud; pero vemos también cuál es el centro de la vocación cristiana: Cristo. Guardemos a Cristo en nuestra vida, para guardar a los demás, salvaguardar la creación. Pero la vocación de custodiar no sólo nos atañe a nosotros, los cristianos, sino que tiene una dimensión que antecede y que es simplemente humana, corresponde a todos. Es custodiar toda la creación, la belleza de la creación, como se nos dice en el libro del Génesis y como nos muestra san Francisco de Asís: es tener respeto por todas las criaturas de Dios y por el entorno en el que vivimos. Es custodiar a la gente, el preocuparse por todos, por cada uno, con amor, especialmente por los niños, los ancianos, quienes son más frágiles y que a menudo se quedan en la periferia de nuestro corazón. Es preocuparse uno del otro en la familia: los cónyuges se guardan recíprocamente y luego, como padres, cuidan de los hijos, y con el tiempo, también los hijos se convertirán en cuidadores de sus padres. Es vivir con sinceridad las amistades, que son un recíproco protegerse en la confianza, en el respeto y en el bien. En el fondo, todo está confiado a la custodia del hombre, y es una responsabilidad que nos afecta a todos. Sed custodios de los dones de Dios. Y cuando el hombre falla en esta responsabilidad, cuando no nos preocupamos por la creación y por los hermanos, entonces gana terreno la destrucción y el corazón se queda árido. Por desgracia, en todas las épocas de la historia existen «Herodes» que traman planes de muerte, destruyen y desfiguran el rostro del hombre y de la mujer. Quisiera pedir, por favor, a todos los que ocupan puestos de responsabilidad en el ámbito económico, político o social, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad: seamos «custodios» de la creación, del designio de Dios inscrito en la naturaleza, guardianes del otro, del medio ambiente; no dejemos que los signos de destrucción y de muerte acompañen el camino de este mundo nuestro. Pero, para «custodiar», también tenemos que cuidar de nosotros mismos. Recordemos que el odio, la envidia, la soberbia ensucian la vida. Custodiar quiere decir entonces vigilar sobre nuestros sentimientos, nuestro corazón, porque ahí es de donde salen las intenciones buenas y malas: las que construyen y las que destruyen. No debemos tener miedo de la bondad, más aún, ni siquiera de la ternura. Y aquí añado entonces una ulterior anotación: el preocuparse, el custodiar, requiere bondad, pide ser vivido con ternura. En los Evangelios, san José aparece como un hombre fuerte y valiente, trabajador, pero en su alma se percibe una gran ternura, que no es la virtud de los débiles, sino más bien todo lo contrario: denota fortaleza de ánimo y capacidad de atención, de compasión, de verdadera apertura al otro, de amor. No debemos tener miedo de la bondad, de la ternura. Hoy, junto a la fiesta de San José, celebramos el inicio del ministerio del nuevo Obispo de Roma, Sucesor de Pedro, que comporta también un poder. Ciertamente,Jesucristo ha dado un poder a Pedro, pero ¿de qué poder se trata? A las tres preguntas de Jesús a Pedro sobre el amor, sigue la triple invitación: Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas. Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio, y que también el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz; debe poner sus ojos en el servicio humilde, concreto, rico de fe, de san José y, como él, abrir los brazos para custodiar a todo el Pueblo de Dios y acoger con afecto y ternura a toda la humanidad, especialmente los más pobres, los más débiles, los más pequeños; eso que Mateo describe en el juicio final sobre la caridad: al hambriento, al sediento, al forastero, al desnudo, al enfermo, al encarcelado (cf. Mt 25,31-46). Sólo el que sirve con amor sabe custodiar. En la segunda Lectura, san Pablo habla de Abraham, que «apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza» (Rm 4,18). Apoyado en la esperanza, contra toda esperanza. También hoy, ante tantos cúmulos de cielo gris, hemos de ver la luz de la esperanza y dar nosotros mismos esperanza. Custodiar la creación, cada hombre y cada mujer, con una mirada de ternura y de amor; es abrir un resquicio de luz en medio de tantas nubes; es llevar el calor de la esperanza. Y, para el creyente, para nosotros los cristianos, como Abraham, como san José, la esperanza que llevamos tiene el horizonte de Dios, que se nos ha abierto en Cristo, está fundada sobre la roca que es Dios. Custodiar a Jesús con María, custodiar toda la creación, custodiar a todos, especialmente a los más pobres, custodiarnos a nosotros mismos; he aquí un servicio que el Obispo de Roma está llamado a desempeñar, pero al que todos estamos llamados, para hacer brillar la estrella de la esperanza: protejamos con amor lo que Dios nos ha dado. Imploro la intercesión de la Virgen María, de san José, de los Apóstoles san Pedro y san Pablo, de san Francisco, para que el Espíritu Santo acompañe mi ministerio, y a todos vosotros os digo: Orad por mí. Amen

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