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Diócesis de Zárate – Campana

Queridos lectores les compartimos estas publicaciones de la página del facebook de Monseñor Oscar Sarlinga (del día 11 de abril). Están referidas al tiempo Pascual y a la festividad de la Divina Misericordia (del segundo domingo de pascua):

https://www.facebook.com/monsoscardsarlinga?fref=ts

 

“El fruto de la presencia de Jesús Resucitado en nuestras vidas nos da la verdadera paz, esa que, más que la “ausencia de conflicto”, es más bien “plenitud” (como lo sugiere la noción hebrea de “shalom”). Por eso en el Evangelio según san Juan (20, 19-31) Jesús manifiesta a los suyos un deseo-mandato: «¡La paz esté con ustedes!. Hoy nos lo dice a nosotros, y también sopla, y nos da el Consuelo: «Reciban el Espíritu Santo”. ¿Qué más puede darnos?. Recibámoslo con la recuperada fe del Apóstol Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!»”.

 

Prosigamos nuestro trabajo en la diócesis, les pido, cada día con más ánimo y con sincera alegría y comunión de espíritu, como hemos venido creciendo hasta ahora.
Gracias a todos cuantos, muchos, muchísimos, que nos han acompañado –a veces haciendo reales sacrificios- con su respeto, afecto, oración, dedicación y colaboración. ¡Felicidades y bendiciones en la cercana Festividad de la Misericordia Divina, el domingo 12!.

 

Principalmente en esta “Octava de Pascua” y en la “Divina Misericordia” sigamos anunciando a quienes nos escuchan que la dignidad humana (que viene por ser “imagen de Dios”) está ubicada en el primer rango de los valores, y que, más que un ente abstracto (como a veces se entiende de hecho, porque así es más cómodo), es una realidad que exige la verdad, la justicia, el amor y la libertad en las relaciones sociales, empezando por poner todo eso en obra en lo que nos compete más directamente.

 

Ojalá que, desde la Eucaristía en el tiempo santo pascual de 2015, nos convirtamos cada día más en defensores infatigables de la dignidad de la persona humana, tal como nos lo señalara el Concilio Vaticano II, de su libertad, sin olvidar nunca la esencial dimensión religiosa del ser humano, la cual nos da el sentido más profundo de la libertad y de la fraternidad. Para ello, es capital buscar la verdad con corazón recto porque la verdad es que tenemos que compartir nuestra libertad con los otros y podemos ser libres sólo en comunión con ellos.

 

Transitamos la Octava de Pascua. El tiempo de la Pasión del Señor se ha cumplido, ha llegado el Aleluya de la Pascua, el «paso» salvador y liberador, proveniente de aquella noche en que el pueblo de Israel fue liberado de la esclavitud del obstinado Faraón, cuando Dios los hizo pasar de las tinieblas de la servidumbre a la luz admirable de su Promesa. Así se dio el «paso», «pésaj», la salida del pueblo de Israel, hacia la tierra prometida, bajo la guía de Moisés. Feliz y Santo Tiempo pascual.

 

 

Para nosotros, cristianos, herederos de la Promesa, Pascua es por excelencia el «paso» de Jesús Liberador por nuestra vida. La vida de Jesucristo es toda ella un acontecimiento pascual permanente, un paso por la muerte y resurrección, hacia el Padre (Cf. Jn. 13,1), razón por la cual nos dijo: “(…) voy al Padre” (Lc. 9,51).
“Homilía-oración” del Domingo de la Divina Misericordia (de 2013) “Jesús, en Vos confío, queremos expresar hoy, con alabanza, con plenitud, con paz. Para compenetrarnos más en la Misericordia Divina, los invito a meditar el maravilloso salmo 117 (Sal 117, 2-4. 22-24. 25-27ª) porque, me parece, es la actitud de “alabanza” la que nos mueve a vivir en nuestro interior con paz y prosperidad “del corazón”, aún sin ser exentos de sufrimiento, pruebas o amarguras. A Dios, que es nuestro Padre de Amor, le clamamos: “Sálvanos, Señor, asegúranos la prosperidad… y le exclamamos: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! Nosotros los bendecimos desde la Casa del Señor: el Señor es Dios, y Él nos ilumina”. Ven, queridos hermanos y hermanas: “bendecir y alabar” traen “liberación”, porque liberan el espíritu de “dolores inútiles”, porque nos asocian al único dolor redentor, que es la asociación a la Pasión de Cristo, y a su gloriosa Resurrección, porque, en el fondo, es la alabanza la que produce en nosotros esa alegría que nadie nos puede quitar. Alabar a Dios por su creación, alabarlo por su redención, y alabarlo hasta “en lo último de nuestros tiempos interiores”, abriendo los ojos del espíritu a la visión del libro del Apocalipsis (1, 9-11a. 12-13. 17-19) , tal como San Juan ve “a alguien semejante a un Hijo de hombre, revestido de una larga túnica”, es decir, a Jesucristo, el Resucitado de entre los muertos. Lo primero y lo último que dice Jesús Resucitado es “No temas: yo soy el Primero y el Ultimo, el Viviente. Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre y tengo la llave de la Muerte y del Abismo. Escribe lo que has visto, lo que sucede ahora y lo que sucederá en el futuro». Sean como fueren los acontecimientos de nuestra vida y de este mundo tan cambiante, nunca tengamos miedo, porque el miedo paraliza, y porque, pase lo que pase a nuestro alrededor, lo que pase a nuestro alrededor, sólo el Señor tiene la llave de la historia, del sucederse de los hechos y de los acontecimientos, guiados por su Providencia”. Así, el fruto de la presencia de Jesús Resucitado en nuestras vidas nos da la verdadera paz, esa que, más que la “ausencia de conflicto”, es más bien “plenitud” (como lo sugiere la noción hebrea de “shalom”). Por eso en el Evangelio según san Juan (20, 19-31) Jesús manifiesta a los suyos un deseo-mandato: «¡La paz esté con ustedes!. Hoy nos lo dice a nosotros, y también sopla, y nos da el Consuelo: «Reciban el Espíritu Santo”. ¿Qué más puede darnos?. Recibámoslo con la recuperada fe del Apóstol Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!»”

 

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