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Diócesis de Zárate – Campana

Se celebró en la mañana del domingo 28 de septiembre, por primera vez, en la plaza de San Pedro, la Jornada de la tercera edad, organizada por el Pontificio Consejo de la Familia y llamada “La bendición de la larga vida”, reunión a ancianos y abuelos de más de 20 países que dieron testimonio de una vida plena, feliz y al servicio de los demás.

En una alegre jornada que contó con la presencia del papa emérito Benedicto XVI, y animada por música y canciones. Andrea Bocelli entonó la primera canción con su conocido tema “Con te partirò”.

El papa Francisco agradeció a todos por venir y especialmente agradeció la presencia de Benedicto XVI. “Yo dije muchas veces que me gusta mucho que él viva aquí en el Vaticano, porque era como tener el abuelo sabio en casa”, afirmó Francisco.

A continuación, el Pontífice destacó el testimonio del matrimonio venido de Irak, de una ciudad cercana a Mosul. “A ellos, todos juntos decimos un gracias especial. Es muy lindo que estén hoy aquí y un don para la Iglesia. Nosotros les ofrecemos nuestra cercanía, nuestra oración y la ayuda concreta”, expresó Francisco.

Además, añadió que “la violencia a los ancianos es deshumana, como a los niños. Pero Dios no los abandona. Está con ustedes. Con su ayuda son y siguen siendo memoria para su pueblo. Y también para nosotros, para la gran familia de la Iglesia. Gracias”.

Estos hermanos -prosiguió el Papa- nos testimonian que también en las pruebas más difíciles, los ancianos que tienen fe son como árboles que continúan dando fruto. Y esto vale también en las situaciones más comunes, donde puede haber otras tentaciones, y otras formas de discriminación.

“La vejez, dijo el Santo Padre, de forma particular, es un tiempo de gracia en el que el Señor nos renueva su llamada, nos llama a custodiar y transmitir la fe. Nos llama a rezar, nos llama a interceder, nos llama a ser cercano a quien lo necesita”. Y es que, precisó, “los abuelos tienen una capacidad para entender las situaciones más difíciles, una gran capacidad. ¡Y cuando rezan por estas situaciones, su oración es fuerte, es poderosa!”.

De este modo recordó que “los abuelos, que recibieron la bendición de ver los hijos de los hijos, les es concedida una tarea grande: transmitir la experiencia de la vida, la historia de una familia, de una comunidad, de un pueblo; compartir con sencillez una sabiduría y la misma fe: ¡la herencia más preciosa!”

A propósito, el Papa mencionó los países donde la persecución religiosa fue cruel, donde “fueron los abuelos quienes llevaron a bautizar a los niños a escondidas, a darles su fe”. Ellos, “salvaron la fe en esos países”, afirmó.

Pero el anciano no siempre tiene una familia que lo acoge. Por esta razón, el Santo Padre pidió que las casas para los ancianos sean “verdaderamente casa y no prisiones”. Así como deben ser “para los ancianos y no para los intereses de otros”. Francisco advirtió que no “debe haber institutos donde los ancianos viven olvidados, como escondidos, descuidados”. Las residencias de ancianos, precisó, deberían ser “pulmones” de humanidad en un país, en un barrio, en una parroquia; “deberían ser santuarios de humanidad donde quien es viejo y débil es cuidado y custodiado como un hermano o una hermana mayor”.

Otro aspecto sobre que el Santo Padre reflexionó en su discurso, fue sobre el abandono de los ancianos. Por eso advirtió sobre las veces que se “descartan a los ancianos con actitudes de abandono que son una verdadera y propia eutanasia escondida”. Esto, explicó, “es el efecto de esa cultura del descarte que hace mucho mal al mundo”. Así, “todos estamos llamados a contrarrestar esta venenosa cultura del descarte”.

Como cristianos -concluyó el Papa- estamos llamados a imaginar, con fantasía y sabiduría, los caminos para afrontar este desafío. “Un pueblo que no custodia a los abuelos y no les trata bien es un pueblo que no tiene futuro”, subrayó Francisco. Pero, también exhortó a los ancianos que “tienen la responsabilidad de mantener vivas estas raíces en ustedes mismos. Con la oración, la lectura del Evangelio, las obras de misericordia”. Así -añadió- permanecemos como árboles vivos, que en la vejez no paran de dar fruto.

Finalmente, el Obispo de Roma afirmó que “una de las cosas más bellas de la vida de familia, de nuestra vida humana de familia, es acariciar un niño y dejarse acariciar por un abuelo o una abuela”.

Para culminar la celebración, el Papa celebró la Santa Misa y el rezo mariano del Ángelus.+

Fuente: www.aica.org

Homilía de Francisco

El Evangelio que acabamos de escuchar, lo acogemos hoy como el Evangelio del encuentro entre los jóvenes y los ancianos: un encuentro lleno de gozo, de fe y de esperanza.
María es joven, muy joven. Isabel es anciana, pero en ella se ha manifestado la misericordia de Dios, y, junto a con su esposo Zacarías, está en espera de un hijo desde hace seis meses.
También en esta ocasión, María nos muestra el camino: ir a visitar a la anciana pariente, para estar con ella, ciertamente para ayudarla, pero también y sobre todo para aprender de ella, que ya es mayor, una sabiduría de vida.
La Primera Lectura recuerda de varios modos el cuarto mandamiento: «Honra a tu padre y a tu madre: así se prolongarán tus días en la tierra, que el Señor, tu Dios, te va a dar» (Ex 20,12). No hay futuro para el pueblo sin este encuentro entre generaciones, sin que los niños reciban con gratitud el testigo de la vida por parte de los padres. Y, en esta gratitud a quien te ha transmitido la vida, hay también un agradecimiento al Padre que está en los cielos.
Hay a veces generaciones de jóvenes que, por complejas razones históricas y culturales, viven más intensamente la necesidad de independizarse de sus padres, casi de «liberarse» del legado de la generación anterior. Es como un momento de adolescencia rebelde. Pero, si después no se recupera el encuentro, si no se logra un nuevo equilibrio fecundo entre las generaciones, se llega a un grave empobrecimiento del pueblo, y la libertad que prevalece en la sociedad es una falsa libertad, que casi siempre se convierte en autoritarismo.

El mismo mensaje nos llega de la exhortación del apóstol Pablo dirigida a Timoteo y, a través de él, a la comunidad cristiana. Jesús no abolió la ley de la familia y la transición entre las generaciones, sino que la llevó a su plenitud. El Señor ha formado una nueva familia, en la que, por encima de los lazos de sangre, prevalece la relación con él y el cumplir la voluntad de Dios Padre. Pero el amor por Jesús y por el Padre eleva el amor a los padres, hermanos y abuelos, renueva las relaciones familiares con la savia del Evangelio y del Espíritu Santo. Y así, san Pablo recomienda a Timoteo, que es Pastor, y por tanto padre de la comunidad, que se respete a los ancianos y a los familiares, y exhorta a que se haga con actitud filial: al anciano «como un padre», a las ancianas «como a madres» (cf. 1 Tm 5,1). El jefe de la comunidad no está exento de esta voluntad de Dios, sino que, por el contrario, la caridad de Cristo le insta a hacerlo con un amor más grande. Como la Virgen María, que aun habiéndose convertido en la Madre del Mesías, se siente impulsada por el amor de Dios, que en ella se está encarnando, a ir de prisa hacia su anciana pariente.

Volvamos, pues, a este «icono» lleno de alegría y de esperanza, lleno de fe, lleno de caridad. Podemos pensar que la Virgen María, estando en la casa de Isabel, habrá oído rezar a ella y a su esposo Zacarías con las palabras del Salmo Responsorial de hoy: «Tú, Dios mío, fuiste mi esperanza y mi confianza, Señor, desde mi juventud… No me rechaces ahora en la vejez, me van faltando las fuerzas, no me abandones… Ahora, en la vejez y en las canas, no me abandones, Dios mío, hasta que describa tu poder, tus hazañas a la nueva generación» (Sal 70,9.5.18). La joven María escuchaba, y lo guardaba todo en su corazón. La sabiduría de Isabel y Zacarías ha enriquecido su ánimo joven; no eran expertos en maternidad y paternidad, porque también para ellos era el primer embarazo, pero eran expertos de la fe, expertos en Dios, expertos en esa esperanza que de él proviene: esto es lo que necesita el mundo en todos los tiempos. María supo escuchar a aquellos padres ancianos y llenos de asombro, hizo acopio de su sabiduría, y ésta fue de gran valor para ella en su camino como mujer, esposa y madre.

Así, la Virgen María nos muestra el camino: el camino del encuentro entre jóvenes y ancianos. El futuro de un pueblo supone necesariamente este encuentro: los jóvenes dan la fuerza para hacer avanzar al pueblo, y los ancianos robustecen esta fuerza con la memoria y la sabiduría popular.

Fuente: www.es.radiovaticana.va

 

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