Diócesis de Zárate – Campana

En la mañana del viernes 28 de marzo,  a las 9.00, en la capilla Redemptoris Mater del Palacio Apostólico del Vaticano, el Papa Francisco asistió a la tercera predicación de Cuaresma del Padre Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia. El tema general de la predicación que está afrontando el Padre Cantalamessa es “Sobre las espaldas de los gigantes. Las grandes verdades de nuestra fe, contempladas con los Padres de la Iglesia Latina. Y en esta ocasión su meditación se centró en “Ambrosio y la presencia real de Cristo en la Eucaristía”. ¿Por qué, entonces, elegir a Ambrosio como maestro de fe de un tema sacramentario como es el de la Eucaristía sobre el cual queremos meditar hoy?, se preguntó el Padre Cantalamessa. Y explicó que el motivo es que Ambrosio, más que ningún otro, contribuyó a la afirmación de la fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía y puso las bases de la futura doctrina de la transustanciación. De hecho en el De sacramentis escribe: «Este pan es pan antes de las palabras sacramentales; cuando interviene la consagración, de pan pasa a ser carne de Cristo […] ¿Con qué palabras se realiza la consagración y de quién son estas palabras? […] Cuando se realiza el venerable sacramento, el sacerdote ya no usa sus palabras, sino que utiliza las palabras de Cristo. Es la palabra de Cristo la que realiza este sacramento». Y citó el otro escrito, Sobre los misterios, en que el realismo eucarístico es todavía más explícito, puesto que dice: «La palabra de Cristo que pudo crear de la nada lo que no existía, ¿no puede transformar en algo diferente lo que existe? No es menos dar a las cosas una naturaleza del todo nueva que cambiar lo que tienen (…). Este cuerpo que producimos sobre el altar es el cuerpo nacido de la Virgen. (…) Es, ciertamente, la verdadera carne de Cristo que fue crucificada, que fue sepultada; es, pues, verdaderamente el sacramento de su carne (…). El mismo Señor Jesús proclama: “Esto es mi cuerpo”. Antes de la bendición de las palabras celestes se usa el nombre de otro objeto, después de la consagración se entiende cuerpo». Sabemos, dijo el Predicador de la Casa Pontificia al concluir, que quien ha firmado un compromiso tiene luego el deber de honrar la propia firma. Esto quiere decir que, al salir de la Misa, debemos hacer también nosotros de nuestra vida un regalo de amor al Padre y para los hermanos. Debemos decir también nosotros, mentalmente, a los hermanos: «Tomen, coman; éste es mi cuerpo». Tomen mi tiempo, mis capacidades, mi atención. Tomen también mi sangre, es decir, mis sufrimientos, todo lo que me humilla, me mortifica, limita mis fuerzas, mi propia muerte física. Quiero que toda mi vida sea, como la de Cristo, pan partido y vino derramado por los otros. Quiero hacer de toda mi vida una Eucaristía. Fuente: www.news.va

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