Diario de la crisis: La Comunión espiritual en tiempo de COVID19

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Diario de la crisis: La Comunión espiritual

El segundo artículo del “Diario de la crisis” del Padre Federico Lombardi. La emergencia que estamos viviendo, en la fatiga de vivir sin la Eucaristía, nos ha llevado a redescubrir la comunión espiritual

Federico Lombardi – Vatican News,  18 de abril 2020

Cuando nosotros, que ahora somos viejos, éramos niños, en el catecismo nos hablaban a menudo de “comunión espiritual”. Nos dijeron que podíamos unirnos espiritualmente a Jesús que se ofrece en el altar, aunque no tomáramos la comunión sacramental recibiendo físicamente la hostia consagrada. La “comunión espiritual” era una práctica religiosa que tenía como objetivo hacernos sentir más continuamente unidos a Jesús, no sólo cuando comulgábamos en la misa, sino también en otros lugares o momentos. No era una alternativa a la comunión sacramental, pero en cierto sentido la continuaba y nos preparaba para ella, durante las visitas al Santísimo Sacramento o en otros momentos de oración. Luego no escuchamos prácticamente nada más sobre ello por décadas. El énfasis en participar en la misa tomando la comunión, ciertamente bueno, había llevado a que otras dimensiones tradicionales de la devoción cristiana fueran eclipsadas.
Empecé a pensar insistentemente en la “comunión espiritual” en una ocasión excepcional. Durante la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid en 2011 una repentina tormenta destruyó la mayoría de las tiendas durante la noche, donde se habían preparado las partículas para ser consagradas para la comunión de los casi dos millones de jóvenes presentes en la misa conclusiva del día siguiente. Así, en la gran misa presidida por el Papa, sólo una pequeña parte de los jóvenes pudo tomar la comunión sacramental porque faltaban las hostias. Muchos estaban contrariados – al menos al principio – como si por esta razón la Jornada Mundial de la Juventud fracasara, porque faltaba algo esencial en el momento religioso culminante del evento. Se necesitó mucho esfuerzo y también tiempo para ayudar a comprender que el acto físico de recibir la hostia santa es muy importante, pero no es la única e indispensable manera de unirse con Jesús y su cuerpo que es la Iglesia.

Ahora el Papa Francisco durante la misa de la mañana en Santa Marta exhorta a los fieles que rezan con él sin estar físicamente presentes a hacer la “comunión espiritual”. Lo hace proponiendo una de las fórmulas tradicionales enseñadas durante mucho tiempo en el pasado por los buenos maestros espirituales del pueblo cristiano; fórmulas que eran familiares a muchas de nuestras madres y abuelas, que iban a menudo o cada día a misa temprano en la mañana, pero que también sabían cómo mantenerse en unión con Dios, a su manera, durante las ocupaciones del día.

Entre los recuerdos de la época del catecismo me vino a la mente una pequeña imagen, en la que en el centro estaba el sacerdote levantando la hostia consagrada, y alrededor, como en la esfera de un reloj, se indicaban las horas de la mañana de los diferentes países y continentes en los que los sacerdotes celebraban la misa (¡que entonces se celebraba sólo por la mañana!). Se quería recordar que continuamente en el mundo se renueva el sacrificio de Jesús que muere por nosotros, y que podíamos continuamente unirnos espiritualmente a Él y a su ofrenda.

La “comunión espiritual”, cuando no se puede recibir la comunión sacramental, también se llama con razón “comunión del deseo”. Desear que la propia vida esté unida a Jesús, especialmente a su sacrificio por nosotros en la Cruz. En este prolongado tiempo de ayuno eucarístico obligatorio, muchas personas acostumbradas a la comunión sacramental frecuente sintieron cada vez más la falta del “pan de cada día” eucarístico. De manera verdaderamente excepcional fue la misma Iglesia la que aceptó imponer este ayuno a los fieles, como signo de solidaridad y de participación en los asuntos de pueblos enteros obligados a limitaciones, privaciones y sufrimientos por la pandemia. El ayuno es una privación, pero puede ser un tiempo de crecimiento. Así como el amor de los cónyuges, durante mucho tiempo alejados el uno del otro por razones de fuerza mayor, puede madurar y profundizar en la fidelidad y la pureza, así también el ayuno eucarístico puede convertirse en un tiempo de crecimiento de la fe, del deseo del don de la comunión sacramental, de la solidaridad con aquellos que por diversas razones no pueden disfrutarlo, de liberación del descuido de la costumbre… Entender de nuevo que la Eucaristía es un don gratuito y sorprendente del Señor Jesús, no obvio ni banal… que se desea de todo corazón… continuamente… ¿Podrá esto ser también una consecuencia de este tiempo perturbador?

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