Diócesis de Zárate – Campana

Hacia el IV Congreso Misionero Nacional

 Consagrados participarán en foros específicos

 

El 4º Congreso Misionero Nacional, que se realizará en Catamarca del 17 al 19 de agosto, contará con ámbitos específicos de debate y trabajos para Ministros Ordenados, Seminaristas y Vida Religiosa.

Como se ha anunciado, del Congreso podrán participar integrantes de los Equipos Diocesanos de Misiones, pero el cupo de inscripción también incluye dos religiosos/as, un seminarista y un sacerdote del clero diocesano.

Durante el Congreso habrá tres ponencias generales sobre los temas ejes: “Iglesia en estado de misión (Nueva Evangelización)”, “Misión Ad Gentes” y  “Pluriculturalidad, interculturalidad y secularismo”. Luego de cada exposición habrá trabajos por foros, los cuales se constituirán de acuerdo a los estados de vida. Dos foros estarán dirigidos a la vida consagrada: “Ministros ordenados y seminaristas”, donde participarán obispos, sacerdotes y seminaristas; y “Vida consagrada”, que será integrado por religiosos, religiosas, novicios y novicias. Además habrá dos foros para laicos: “Laicos animadores de niños, adolescentes y jóvenes” y “Laicos misioneros”. Por eso en la inscripción se ha pedido indicar en qué foro específicamente se trabajará.

El Papa pidió a los obispos argentinos una pastoral en clave misionera

El papa Francisco pidió a los obispos argentinos que toda la pastoral sea “en clave misionera”, al recordarles que “debemos salir de nosotros mismos hacia todas las periferias existenciales y crecer en parresía”.

“Una Iglesia que no sale, a la corta o a la larga, se enferma en la atmósfera viciada de su encierro. Es verdad también que a una Iglesia que sale le puede pasar lo que a cualquier persona que sale a la calle: tener un accidente. Ante esta alternativa, les quiero decir francamente que prefiero mil veces una Iglesia accidentada que una Iglesia enferma”, advirtió.

En un mensaje remitido a los obispos que participaron de la 105ª Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Argentina, desarrollada en la casa de ejercicios El Cenáculo-La Montonera, de Pilar, el pontífice sostuvo que “la enfermedad típica de la Iglesia encerrada es la autorreferencial; mirarse a sí misma, estar encorvada sobre sí misma como aquella mujer del Evangelio. Es una especie de narcisismo que nos conduce a la mundanidad espiritual y al clericalismo sofisticado, y luego nos impide experimentar “la dulce y confortadora alegría de evangelizar”.

Francisco les agradeció “por todo lo que hacen y por todo lo que van a hacer”, rogó al Señor que “nos libre de maquillar nuestro Episcopado con los oropeles de la mundanidad, del dinero y del ‘clericalismo de mercado’”, y volvió a pedirles, como es su costumbre, que recen por él, “para que no me la crea y sepa escuchar lo que Dios quiere y no lo que yo quiero”.

“Rezo por Ustedes. Un abrazo de hermano y un especial saludo al pueblo fiel de Dios que tienen a su cuidado. Les deseo un santo y feliz tiempo pascual. Que Jesús los bendiga y la Virgen Santa los cuide”.

Texto de la carta 

Queridos Hermanos: Van estas líneas de saludo y también para excusarme por no poder asistir debido a “compromisos asumidos hace poco” (¿Suena bien?) Estoy espiritualmente junto a Ustedes y pido al Señor que los acompañe mucho en estos días.

Les expreso un deseo: Me gustaría que los trabajos de la Asamblea tengan como marco referencial al Documento de Aparecida y “Navega mar adentro”. Allí están las orientaciones que necesitamos para este momento de la historia. Sobre todo les pido que tengan una especial preocupación por crecer en la misión continental en sus dos aspectos: misión programática y misión paradigmática. Que toda la pastoral sea en clave misionera.

Una Iglesia que no sale, a la corta o a la larga, se enferma en la atmósfera viciada de su encierro. Es verdad también que a una Iglesia que sale le puede pasar lo que a cualquier persona que sale a la calle: tener un accidente. Ante esta alternativa, les quiero decir francamente que prefiero mil veces una Iglesia accidentada que una Iglesia enferma. La enfermedad típica de la Iglesia encerrada es la autorreferencial; mirarse a sí misma, estar encorvada sobre sí misma como aquella mujer del Evangelio. Es una especie de narcisismo que nos conduce a la mundanidad espiritual y al clericalismo sofisticado, y luego nos impide experimentar “la dulce y confortadora alegría de evangelizar”.

Les deseo a todos Ustedes esta alegría, que tantas veces va unida a la Cruz, pero que nos salva del resentimiento, de la tristeza y de la soltenoría clerical. Esta alegría nos ayuda a ser cada día más fecundos, gastándonos y deshilachándonos en el servicio al santo pueblo fiel de Dios; esta alegría crecerá más y más en la medida en que tomemos en serio la conversión pastoral que nos pide la Iglesia.

Gracias por todo lo que hacen y por todo lo que van a hacer. Que el Señor nos libre de maquillar nuestro episcopado con los oropeles de la mundanidad, del dinero y del “clericalismo de mercado”. La Virgen nos enseñará el camino de la humildad y ese trabajo silencioso y valiente que lleva adelante el celo apostólico.
Les pido, por favor, que recen por mí, para que no me la crea y sepa escuchar lo que Dios quiere y no lo que yo quiero. Rezo por Ustedes.

Un abrazo de hermano y un especial saludo al pueblo fiel de Dios que tienen a su cuidado. Les deseo un santo y feliz tiempo pascual.

Que Jesús los bendiga y la Virgen Santa los cuide.

Fuente: AICA

El “celo misionero” del Cura Brochero

 Continuamos acercándonos a la figura del Cura Brochero mediante la ponencia del P. Julio Merediz sj, vicepostulador de la causa, realizada en la Asamblea de Directores Diocesano de OMP del 2010.

 

Luego de la introducción ofrecida en el último boletín, presentamos ahora esta parte titulada “Su celo misionero”.  Confiamos que estas reflexiones ayuden a fortalecer y animar, desde la figura del Cura Brochero, en el fervor misionero de los sacerdotes y religiosos de nuestro país y que el mismo sea un material útil para la animación misionera en las comunidades.

 

1.  “Su celo misionero”

1.1. Ejercicios Espirituales y Misión

La experiencia de los Ejercicios Espirituales y la Casa de Ejercicios sobresalen notablemente en la misión del Cura Brochero como “Pastor y guía de una porción de la Iglesia de Cristo”: son el instrumento y la institución de profunda conversión de su pueblo.

Los Ejercicios, condicionados por el ámbito rural, sustituyeron en la pastoral brocheriana a las misiones rurales y, a su vez, las misiones populares y las novenas de los pueblos fueron adoptando la modalidad de los Ejercicios Espirituales, sobre todo, en lo que San Ignacio llama “Primera Semana” (EE, 23-90).

Los Ejercicios constituyeron el modo de recrear el tejido social de la “porción de la Iglesia” encomendada y encender la fe en las multitudes solitarias de las sierras como punto de lanza del Pueblo de Dios en medio de los alejados y la ocasión para construir una red de discípulos y misioneros responsables protagonistas de la vida y crecimiento de la Iglesia.

La propuesta brocheriana privilegió a los pobres y desde ellos se extendió a todas las capas sociales sin que ninguno fuese excluido. Las palabras de San Pablo a los Corintios fueron una realidad palpable:

“Hermanos, tengan en cuenta quiénes son los que han sido llamados: no hay entre ustedes mucho sabios, hablando humanamente, ni son muchos los poderosos ni los nobles. Al contrario, Dios eligió lo que el mundo tiene por necio, para confundir a los sabios; lo que el mundo tiene por débil para confundir a los fuertes; lo que es vil y despreciable y lo que no vale nada para aniquilar a lo que vale. Así nadie podrá gloriarse delante de Dios. Por Él ustedes están unidos a Cristo Jesús que por disposición de Dios se convirtió para nosotros en sabiduría y justicia, en santificación y redención, a fin de que, como está escrito: el que se gloría, que se gloríe en el Señor” (1 Cor. 1, 26-31).

 

1.2.         La Fe enraizada en la vida

Brochero vivió, profesó y celebró personalmente, una fe enraizada en su vida. Asi también quiso hacerla vivir por su pueblo. Trabajó en un ambiente rudo e ignorante en cuestiones de fe. Vivió una época de fe tradicional, trasmitida espontáneamente de padres a hijos. Por eso, su acción pastoral buscó una fe madura y adulta en los diversos matices de esta actitud fundamental de la vida cristiana. De allí, la elección de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio como método apostólico y de formación permanente de su Pueblo.

Movido por su “celo misionero” el Cura Brochero promovió una fe coherente y recia, que no acepta medias tintas ni opciones acomodaticias ante el mundo, predicó con su vida a Cristo crucificado “escándalo para los judíos y locura para los paganos, pero fuerza y sabiduría de Dios para los que han sido llamados tanto judíos como griegos. Porque la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad de Dios es mas fuerte que la fortaleza de los hombres” (1 Cor. 1, 23-25).

Por eso, la fe que vivió y suscitó fue una fe comprometida con la historia, traducida en acciones apostólicas de peso, llevando a cada uno a asumir en profundidad su responsabilidad en el mundo, ante la vocación cristiana y el propio estado de vida.

Aquella gracia tan deseada y pedida de los Ejercicios se encarnó en el “corazón sacerdotal” de Brochero: “Señor, dame gracia para que te conozca más íntimamente y conociéndote más te ame y te siga (te sirva), imitándote” (EE 104, 139).

De allí, que Brochero testimonio, profesó, celebró y predicó una fe que hace propio el pensar y el obrar de Jesucristo para juzgar como El, optar y amar como El, vivir en El la comunión con el Padre, el Espíritu Santo y los hermanos.

En síntesis, su fe es evangélica, evangelizada y evangelizadora.

 

1.3. La “pertenencia” a la Iglesia

El Cura actuó en un contexto fundamentalmente “cristiano”. La pertenencia a la Iglesia se daba de un modo casi automático y no demasiado “problemático”.

En este ambiente, Brochero intervino con inteligencia pastoral atacando las posibles raíces de alienación religiosa y cristiana. Lo hizo “creando caminos” que se llevasen a opciones libres, respetuosas del hombre serrano y de todas las demás personas que él trataba.

Su misión estuvo atenta a las relaciones que hacen a la auténtica pertenencia a la Iglesia en los distintos niveles y ámbitos de comunión: la parroquia y la diócesis por un lado, y por el otro, el Obispo, los sacerdotes, los laicos y las religiosas. Pero a la vez, privilegió las relaciones personales con el diálogo, el encuentro, la visita, la capacidad de sintonía, el contacto personal y de escucha, demostrando interés por las expectativas y necesidades de sus hermanos, por sus esperanzas y proyectos.

No cabe duda que su compromiso evangélico personal, lleno de “celo misionero” tuvo un impactante valor de “contagio”. Buscó no mezclar razones personales o intereses particulares. Su objetivo fue atraer a todos al corazón de Jesucristo y a vivir la alegría de pertenecer al Pueblo Fiel de Dios.

Finalmente es importante observar que su acción acogió a los hombres y mujeres en la situación en que se encontraban. No condicionó el punto de partida: “El Señor te ama y te llama hoy como sos y como estás”. Por eso, aceptó y promovió su participación en la experiencia de la Iglesia según lo que cada uno puede dar.

“No me conviene hacerlos reventar con la cruz y el agua” (Carta, Nono, 02/02/1907) decía – indicando que siempre, la mínima simpatía será importante en función de una posible pertenencia eclesial, incluso para los más alejados.

En síntesis, la pertenencia a la Iglesia vivida y promovida por José Gabriel Brochero es profundamente evangélica y corresponde al modelo de grey promulgada por el Buen Pastor del Evangelio (Jn. 10).

 

1.4.  La “Encarnación” alma de la misión

La misión pastoral de Brochero elude aquellas modalidades pastorales mal equilibradas que conllevan los riesgos del sacramentalismo, la acentuación disciplinar, la absolutización de las tradiciones o lo meramente devocional. Pero, ¿cómo lo hizo?

En primer término, a través de una verdadera “encarnación” en su territorio para el servicio y promoción de todo el “hombre” y de todos los “hombres” y el “celo misionero” de una presencia constructiva de lo sagrado en la vida y en la cultura de su pueblo. El no fue a los suyos como un extraterrestre o un superman. El llegó a los suyos siendo uno de ellos, integrándose al paisaje, y “haciéndose todo a todos”.

Las palabras de su madre al despedirlo al partir de Villa Santa Rosa de Río Primero al Seminario de Córdoba, se realizaron plenamente:

“Dios cuenta contigo, hijo, -le dijo entonces su madre- para construir nuestra Patria: no lo defraudes. El camino que te espera es doloroso, pero Jesús lo recorrió primero. No estás solo. La Purísima será tu Madre y la mejor compañera en los momentos más duros. Que Dios te bendiga hijo. Esperamos que, en unos años, tus nos bendigas en su Nombre a nosotros. Hasta pronto. Y recuerda: en Dios no hay distancias, ahora nos unen lazos más profundos: Dios es amor y siempre estaremos unidos en Él” (Díaz Cornejo, “Brochero un santo para nuestros tiempos”, pág. 26).

El “celo misionero” y la entrega del Cura Brochero tuvieron a lo largo de su vida ribetes heroicos. Por eso, creo que con justicia y sin exageración alguna deberíamos considerarlo un verdadero “civilizador criollo” de Traslasierra.

 

Mensaje del Papa para la Jornada Misionera Mundial 2013

 

Queridos hermanos y hermanas,

Este año celebramos la Jornada Mundial de las Misiones mientras se clausura el Año de la fe, ocasión importante para fortalecer nuestra amistad con el Señor y  nuestro camino como Iglesia que anuncia  el Evangelio con valentía. En esta prospectiva, querría plantear algunas reflexiones.

1. La fe es un don precioso de Dios, el cual abre nuestra mente para que lo podamos conocer y amar, Él quiere relacionarse con nosotros para hacernos participes de su misma vida y hacer que la nuestra esté más llena de significado, que sea  más buena, más bella. ¡Dios nos ama! Pero la fe, necesita ser acogida, es decir, necesita nuestra respuesta personal, el coraje de poner nuestra confianza en Dios, de vivir su amor, agradecidos por su infinita misericordia. Es un don que no se reserva sólo a unos pocos, sino que se ofrece a todos generosamente. ¡Todo el mundo debería poder experimentar la alegría de ser amados por Dios, el gozo de la salvación! Y es un don que no se puede conservar para uno mismo, sino que debe ser compartido. Si queremos guardarlo sólo para nosotros mismos, nos convertiremos en cristianos aislados, estériles y enfermos. El anuncio del Evangelio es parte del ser discípulos de Cristo y es un compromiso constante que anima toda la vida de la Iglesia.

«El impulso misionero es una señal clara de la madurez de una comunidad eclesial» (Benedicto XVI, Exhort. ap. Verbum Domini, 95). Toda comunidad es “adulta”, cuando profesa la fe, la celebra con alegría en la liturgia, vive la caridad y proclama la Palabra de Dios sin descanso, saliendo del propio ambiente para llevarla también a los “suburbios”, especialmente a aquellos que aún no han tenido la oportunidad de conocer a Cristo. La fuerza de nuestra fe, a nivel personal y comunitario, también se mide por la capacidad de comunicarla a los demás, de difundirla, de vivirla en la caridad, de dar testimonio a las personas que encontramos y que comparten con nosotros el camino de la vida.

2. El Año de la fe, a cincuenta años de distancia del inicio del Concilio Vaticano II, es un estímulo para que toda la Iglesia reciba una conciencia renovada de su presencia en el mundo contemporáneo, de su misión entre los pueblos y las naciones.

La misionariedad no es sólo una cuestión de territorios geográficos, sino de pueblos, de culturas e individuos independientes, precisamente porque los “límites” de la fe no sólo atraviesan lugares y tradiciones humanas, sino el corazón de

cada hombre y cada mujer. El Concilio Vaticano II destacó de manera especial como la tarea misionera, la tarea de ampliar los límites de la fe  es un compromiso de todo bautizado y de todas las comunidades cristianas: «Viviendo el Pueblo de Dios en comunidades, sobre todo diocesanas y parroquiales, en las que de algún modo se hace visible, a ellas pertenece también dar testimonio de Cristo delante de las gentes» (Decr. Ad gentes, 37). Por tanto, se pide y se invita a toda comunidad a hacer propio el mandato confiado por Jesús a los Apóstoles de ser sus «testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1,8), no como un aspecto secundario de la vida cristiana, sino como un aspecto esencial: todos somos enviados por los senderos del mundo para caminar con nuestros hermanos, profesando y dando testimonio de nuestra fe en Cristo y convirtiéndonos en anunciadores de su Evangelio. Invito a los Obispos, a los Sacerdotes, a los Consejos presbiterales y pastorales, a cada persona y grupo responsable en la Iglesia a dar relieve a la dimensión misionera en los programas pastorales y formativos, sintiendo que el propio compromiso apostólico no está completo si no contiene el propósito de “dar testimonio de Cristo ante las naciones”, ante todos los pueblos. La misionariedad no es sólo una dimensión programática en la vida cristiana, sino también una dimensión paradigmática que afecta a todos los aspectos de la vida cristiana.

3.       A menudo, la obra de  evangelización encuentra obstáculos no sólo fuera, sino dentro de la comunidad eclesial. A veces el fervor, la alegría, el coraje, la esperanza en  anunciar a todos el mensaje de Cristo y ayudar a la gente de nuestro tiempo a encontrarlo son débiles; en ocasiones todavía se piensa que llevar la verdad del Evangelio es violentar la libertad. Pablo VI usa palabras iluminadoras al respecto: «Sería… un error imponer cualquier cosa a la conciencia de nuestros hermanos. Pero proponer a esa conciencia la verdad evangélica y la salvación ofrecida por Jesucristo, con plena claridad y con absoluto respeto hacia las opciones libres que luego pueda hacer… es un homenaje a esta libertad» (Exhort, Ap. Evangelii nuntiandi, 80). Siempre debemos tener el valor y la alegría de proponer, con respeto, el encuentro con Cristo, de hacernos heraldos de su Evangelio, Jesús ha venido entre nosotros para mostrarnos el camino de la salvación, y nos ha confiado la misión de darlo a conocer a todos, hasta los confines de la tierra. Con frecuencia vemos que son la violencia, la mentira, el error las cosas que destacan y se proponen. Es urgente hacer que resplandezca en nuestro tiempo la vida buena del Evangelio con el anuncio y el testimonio, y esto desde el interior mismo de la Iglesia. Porque, en esta perspectiva, es importante no olvidar un principio fundamental de todo evangelizador: no se puede anunciar a Cristo sin la Iglesia. Evangelizar nunca es un acto aislado, individual, privado, sino que es siempre eclesial. Pablo VI escribía que «Cuando el más humilde predicador, catequista o Pastor, en el lugar más apartado, predica el Evangelio, reúne su pequeña comunidad o administra un sacramento, aun cuando se encuentra solo, ejerce un acto de Iglesia», Este no actúa «por una misión que él se atribuye o por inspiración personal, sino en unión con la misión de la Iglesia y en su nombre» (Exhort, ap. Evangelii nuntiandi, 60).Y esto da fuerza a la misión y hace sentir a cada misionero y evangelizador que nunca está solo, que forma parte de un solo Cuerpo animado por el Espíritu Santo.

4.      En nuestra época, la movilidad general y la facilidad de comunicación a través de los nuevos medios de comunicación han mezclado entre sí los pueblos, el conocimiento, las experiencias. Por motivos de trabajo familias enteras se trasladan de un continente a otro; los intercambios profesionales y culturales, así como el turismo y otros fenómenos análogos empujan a un gran movimiento de personas. A veces es difícil, incluso para las comunidades parroquiales, conocer de forma segura y profunda a quienes están de paso o a quienes viven de forma permanente en el territorio. Además, en áreas cada vez más grandes de las regiones  tradicionalmente cristianas crece el número de los que son ajenos a la fe, indiferentes a la dimensión religiosa o animados por otras creencias. Por tanto, no es raro que algunos bautizados escojan estilos de vida que les alejan de la fe, convirtiéndolos en necesitados de  una “nueva evangelización”.A esto se suma el hecho de que a una gran parte de la humanidad todavía no le ha llegado la buena noticia de Jesucristo. Y que vivimos en una época de crisis que afecta a muchas áreas de la vida, no sólo la economía, las finanzas, la seguridad alimentaria, el medio ambiente, sino también la del sentido profundo de la vida y los valores fundamentales que la animan. La convivencia humana está marcada por tensiones y conflictos que causan inseguridad y fatiga para encontrar el camino hacia una paz estable. En esta situación tan compleja, donde el horizonte del presente y del futuro parece estar cubierto por nubes amenazantes, se hace aún más urgente el llevar con valentía a todas las realidades, el Evangelio de Cristo, que es  anuncio de esperanza, reconciliación, comunión, anuncio de la cercanía de Dios, de su misericordia, de su salvación, anuncio de que el poder del amor de Dios es capaz de vencer las tinieblas del mal y conducir hacia el camino del bien.

El hombre de nuestro tiempo necesita una luz fuerte que ilumine su camino y que sólo el encuentro con Cristo puede darle. ¡Traigamos a este mundo, a través de nuestro testimonio, con amor, la esperanza donada por la fe! La naturaleza misionera de la Iglesia no es proselitista, sino testimonio de vida que ilumina el camino, que trae esperanza y amor.

La Iglesia – lo repito una vez más – no es una organización asistencial, una empresa, una ONG, sino que es una comunidad de personas, animadas por la acción del Espíritu Santo, que han vivido y viven la maravilla del encuentro con  Jesucristo y desean compartir esta experiencia de profunda alegría, compartir el mensaje de salvación que el Señor nos ha dado. Es el Espíritu Santo quién guía a la Iglesia en este camino.

5.        Quisiera animar a todos a ser portadores de la buena noticia de Cristo y estoy agradecido especialmente a los misioneros y misioneras, a los presbíteros  fidei donum, a los religiosos y religiosas y a los fieles laicos – cada vez más numerosos – que, acogiendo la llamada del Señor, dejan su patria para servir al Evangelio en tierras y culturas diferentes de las suyas. Pero también me gustaría subrayar que las mismas iglesias jóvenes están trabajando generosamente en el envío de misioneros a las iglesias que se encuentran en dificultad – no es raro que se trate de Iglesias de antigua cristiandad – llevando la frescura y el entusiasmo con que estas viven la fe que renueva la vida y dona esperanza. Vivir en este aliento universal, respondiendo al mandato de Jesús «Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones»  (Mt. 28, 19) es una riqueza para cada una de las iglesias particulares, para cada comunidad, y donar misioneros y misioneras nunca es una pérdida sino una ganancia. Hago un llamamiento a todos aquellos que sienten la llamada a responder con generosidad a la voz del Espíritu Santo, según su estado de vida, y a no tener miedo de ser generosos con el Señor. Invito también a los obispos, las familias religiosas, las comunidades y todas las agregaciones cristianas a sostener, con visión de futuro y discernimiento atento, la llamada misionera ad gentes y a ayudar a las iglesias que necesitan sacerdotes, religiosos y religiosas y laicos para fortalecer la comunidad cristiana. Y esta atención debe estar también presente entre las iglesias que forman parte de una misma Conferencia Episcopal o de una Región: es importante que las iglesias más ricas en vocaciones ayuden con generosidad a las que sufren de escasez. Al mismo tiempo exhorto a los misioneros y a las misioneras, especialmente los sacerdotes fidei donum y a los laicos, a vivir con alegría su precioso servicio en las iglesias a las que son destinados, y a llevar su alegría y su experiencia a las iglesias de las que proceden, recordando cómo Pablo y Bernabé, al final de su primer viaje misionero «contaron todo lo que Dios había hecho a través de ellos y cómo había abierto la puerta de la fe a los gentiles» (Hechos 14:27). Ellos pueden llegar a ser un camino hacia una especie de “restitución” de la fe, llevando la frescura de las Iglesias jóvenes, de modo que las Iglesias de antigua cristiandad redescubran el entusiasmo y la alegría de compartir la fe en un intercambio que enriquece mutuamente en el camino de seguimiento del Señor.

La solicitud por todas las Iglesias, que el Obispo de Roma comparte con sus hermanos en el episcopado, encuentra una actuación importante en el compromiso de las Obras Misionales Pontificias, que tienen como propósito animar y profundizar la conciencia misionera de cada bautizado y de cada comunidad, ya sea llamando a la necesidad de una formación misionera más profunda de todo el Pueblo de Dios, ya sea alimentando la sensibilidad de las comunidades cristianas a ofrecer su ayuda para favorecer la difusión del Evangelio en el mundo.

Por último, dirijo un pensamiento a los cristianos que, en diversas partes del mundo, se encuentran en dificultades para profesar abiertamente su fe y ver reconocido el derecho a vivirla con dignidad. Ellos son nuestros hermanos y hermanas, testigos valientes – aún más numerosos que los mártires de los primeros siglos – que soportan con perseverancia apostólica las diversas formas de persecución actuales. Muchos también arriesgan su vida para permanecer fieles al Evangelio de Cristo. Deseo asegurarles que me siento cercano en la oración a las personas, a las familias y a las comunidades que sufren violencia e intolerancia y les repito las palabras consoladoras de Jesús: «Confiad, yo he vencido al mundo» (Jn 16,33).

Benedicto XVI exhortaba: «Que la Palabra del Señor siga avanzando y sea glorificada» (2 Ts 3, 1): que este Año de la fe haga cada vez más fuerte la relación con Cristo, el Señor, pues sólo en él tenemos la certeza para mirar al futuro y la garantía de un amor auténtico y duradero» (Carta Ap. Porta fidei, 15). Este es mi deseo para la JOrnada Mundial de las Misiones de este año. Bendigo de corazón a los misioneros y misioneras y a todos los que acompañan y apoyan este compromiso fundamental de la Iglesia para que el anuncio del Evangelio pueda resonar en todos los rincones de la tierra, y nosotros, ministros del Evangelio y misioneros, experimentaremos “la dulce y confortadora alegría de evangelizar” (Pablo VI, Exhort. Ap. Evangelii nuntiandi, 80).

Vaticano, 19 de mayo de 2013, Solemnidad de Pentecostés

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